Poesía de Marin Mălaicu-Hondrari

lo que tendría que haber olvidado

una mujer recorre diez habitaciones
para huir del calor
se desnuda junto a una colcha de lana.
un hombre la sigue y cierra sigilosamente
las contraventanas verdes.

es mediodía
en otro lugar se oirían ratones.

sobre el cuerpo de la mujer caen rayos de luz
y fragmentos de encalado.
un perro ladra una sola vez.

lo que se pasa por alto

estaba solo y loco por la poesía
no necesitaba una familia
ni levantar una casa
no he plantado un árbol en mi vida
quería escribir poesía

hasta que apareció ella
primero hizo el amor con la cortina
después con la ventana
después con la luz que entraba por la ventana
no quería niños
no le interesaba el mañana
ni lo que iba a ser de su vida
¡escribía poemas tan hermosos!

nos fuimos a vivir juntos
nos levantábamos por la noche
ella para ahuyentar a los grillos cobijados bajo los pesados muebles
yo para mover el vino y que no se enmoheciera
el odre forrado con piel de cabra

y tenemos un niño.
mañana compraremos un perro
entre tanto cada uno se esconde allí donde guarda sus papeles.

ahora atardece
el viento guía las nubes hacia el este
oh, vosotras, blancas manos, largos dedos,
uñas rojas como la sangre.
graniza
y mi amada vaga vestida de negro
cuando me llama
el aire de cien casas
no me llega.

Sinécdoque

Cuando estás conmigo
ya no soy sino
un enamorado con problemas de escritura.
Lo sé, ya lo había dicho,
robo a Dylan Thomas
pues no hay muchas más opciones
y no me puedo detener
y soy extremadamente atento contigo
y descuidado con todo el mundo.

Nada ha conseguido separarnos
ni el terrorismo
ni los perros callejeros – es decir
los políticos y después los chuchos marcados –
ni el encarecimiento del metro
ni las feministoides
ni la naturaleza oprimida
que aún así ni me importa
ni tu ex marido que amenaza con castrarme
ni las garrapatas
ni el códice Catolicus Ortodoxi Penticostalis.

Solo cuando me quedo solo,
cuando bajas
una sombra viene hasta mí
echa pestes
esconde los libros
mata a papá
después mata a mamá
siempre exactamente en este orden
siembra cizaña entre mis amigos
y cuando giras la llave en la puerta
procura esconderse en mi corazón
o en tus pendientes
lo que para uno como yo
es lo mismo.

Y a veces lo consigue, el asco.
Y entonces utilizamos la materia de la que está hecha la cosa
en lugar de la propia cosa.

Immigrant song

(diez años después)

Pero yo era un emigrante
un ex chaval fugado de casa
náufrago en una playa del Mediterráneo,
escupido por azar entre
los abdómenes más lisos de Europa.

Y cada mañana silbaba alegre y feliz
y cada noche pensaba en el suicidio
después en una chica, después de nuevo en el suicidio,
y entre tanto me masturbaba lentamente,
la noche era larga, la soledad aplastante,
quería terminar sin pensar en el suicidio
pensando en aquella chica inexistente
gran amante del whisky y de la poesía americana,
que no me dijera al cabo de tres días:
Yisus Craist
apártate de mí,
sobrevive de otra manera.

Entonces era mucho más joven, mucho más
valiente, igual de pobre y mucho más tonto
y no conseguía entender que para un inmigrante
hasta el amor ha de respetar las leyes de la Unión Europea.

Me había enamorado de aquella chica inexistente
y cuando veía su vulva del color exacto del salmón
me entraba un hambre terrible.
Te vas a desmayar”, me decía,
va a querer bailar y me caeré a sus pies”,
blando como su vestido que tendría que haber caído a mis pies.
Una barbacoa como un estadio en la que chisporrotean
trozos de salmón perfectos como actores americanos.

Somon somon somo.

Intuía que (no sabía hacer otra cosa)
cuanto más salmón comiera,
más tiempo libre tendría.

¿Tiempo libre para qué?”, me preguntó ella.
No lo sé. Para la poesía. Para escribir.
Tiempo libre excedentario, el sueño de cualquier persona normal.

Amaba a aquella chica inexistente,
pero en la cartera no llevaba su foto, sino una de mi padre
y no hacía falta que mirara su cara
como el escroto de un actor porno retirado,
para sentirla en la cartera, tal como sientes
el peligro tras la puerta cerrada.
Pero más que a ella y a papá amaba la literatura
y más que la literatura amaba el salmón.

Somon somon somo.

Ahora sé que el salmón (esa palabra) es un pez como cualquier otro, nada extraordinario,
y que aquella chica inexistente me cuidó,
y cuando ya no pudo más me mandó de vuelta a mi país,
que empezaba a descubrir el salmón.

Desde entonces han pasado diez años
y en la oscuridad siguen apareciendo sus ojos
como un enclave promiscuo en mi vida aséptica, pero de mierda.
Sentimental, borracho de whisky,
le envié mi volumen de poemas algo americanos,
con la siguiente dedicatoria:
Soy tan pobre que no he podido comprarte un libro,
así que te he escrito uno.
El salmón de servicio en las fronteras de la UE.