Un fragmento de Maria Orban

Adultos

Maria Orban

Para mí es vital encontrar un espacio que me brinde seguridad. Un nido blando, como el que preparan los animales para sus crías al nacer. No puedo estar en cualquier lado. Vivía con Seba en una casa con habitaciones de cuatro metros de altura, una gran estufa de terracota verde y otra de terracota blanca. Tenía un piano viejo y estantes llenos de libros. En ocasiones, extraño tanto ese lugar que algunas veces, en lugar de ir al departamento de Carmen, he salido de la escuela en la otra dirección y me di cuenta ya bastante cerca de la puerta. Me asusté al darme cuenta. Una vez, cuando sabía con certeza que Seba había ido a Cluj a un concierto, fui hasta allí y me quedé toda la tarde. Dormí en mi propia cama. Salí al porche y me tomé un café y acaricié con la mirada el jardín donde había plantado menta, tomillo, hierba de San Juan y manzanilla, el árbol de Navidad que había decorado para las fiestas, las grandes piedras que había traído del bosque y las obras para hacer que el callejón pareciera más bonito. Quería que fuera una especie de despedida, pero al final me pareció extraño y me marché deprimida porque, aunque todo estaba como lo había dejado, nada era igual.

Quiero un lugar que sea mío. Quiero poner fotos y cuadros coloridos en las paredes. Quiero una estantería grande, que ocupe una pared entera, de arriba a abajo, quiero un pequeño y hermoso balcón al que pueda salir a leer y fumar. Quiero una cocina sencilla, naranja, marrón y verde. Y amarilla, sin falta. Quiero muebles de Ikea. Sí. Quiero muebles de Ikea, alfombras de Ikea, sábanas de Ikea, todo de Ikea.

–Para, para –me indica Oana por señas, cuando ve que la adelanto.

Sonríe: ¿Cómo estás?

No tengo idea de qué responder a esta pregunta. Ni siquiera sé si se refiere a que mañana me divorcio de su hermano o al incidente del barrio. Me encojo de hombros. No estoy bien, tengo ganas de decir. Estoy mal. Siento una especie de vacío, frío en mi columna, en todo mi cuerpo, hormigueando bajo mi piel. Tengo miedo de todo lo que pasará a partir de mañana. Cuando era pequeña pensaba que las personas mayores tienen confianza en sí mismas, que con la edad llega una especie de estabilidad. De confianza. Pensaba que si siempre estás ocupado y tienes mucho trabajo que hacer, y tienes hijos y un trabajo, no hay tiempo para aburrirse, para hacerte todo tipo de preguntas para las que no encuentras respuesta y tampoco te acechan todo tipo de miedos.

Me caían bien algunas de las amigas de mi madre, especialmente una, maestra, Dana Fischer, que siempre iba muy arreglada y tenía uñas grandes y rojas que solía golpear ligeramente en la pizarra cuando explicaba algo. Tenía un paso pesado, se reía de buena gana, no parecía molestarse por nada. Yo escribía Dana Iancu en el cuaderno con el que jugaba en casa a las maestras, porque yo quiero ser como Dana, le decía a mamá. Después de un tiempo se quedó embarazada, tuvo un bebé y todo parecía perfecto, hasta que me enteré de que se había divorciado y se había marchado a Alemania con un chico más joven. Sin bebé. Solo con el chico. Fue entonces cuando oí hablar por primera vez sobre el divorcio, mi madre hablaba sobre ello como si fuera una enfermedad mortal. DI-VORCIO. ORCIO.

¿Ha solucionado algo?, le preguntaría a Dana Fisher. ¿Cómo sabemos con certeza que esta es la solución?, le preguntaré a Seba cuándo conteste al teléfono. ¿Cómo?

–¿Así de bien?

Asiento.

–¡Tengo una idea! Hasta ahora solo has buscado en zonas feas. ¿Qué tal si te mudaras a un estudio nuevo? ¿En un edificio que huela a nuevo, más cerca del centro? ¿Qué dices?

–¿Qué digo? Que no, ¿de dónde voy a sacar el dinero para un estudio nuevo?

–Bueno, en verano es mucho más fácil. No se paga mucho de comunidad, ya verás. Hay uno en alquiler junto a mi casa. Si quieres, pregunto. ¡Habrá otro ambiente! Estás estresada, quieres encontrar algo para el resto de tu vida… ¡maldita sea, no hay forma de saber qué va a pasar este verano!

Un fragmento de Ramona Micu

La abuela

Ramona Micu

En la semana en que cumplió sesenta y cinco años, la abuela se compró un ataúd. Elegirlo, lo eligió a la primera: pequeñito, porque no es que yo sea muy grande, cariño, para que a mis nietos les resulte fácil llevarlo cargado a hombros, con asas, de color claro. Pero sobre el precio le resultó muy difícil ponerse de acuerdo con el vendedor. Se pasó dos horas regateando. Y no porque fuera demasiado caro, sino porque no entendía que tuviera que pagar por algo lo que le habían pedido, como si no supiera yo que hasta la piel te quieren quitar. Al final, llegaron a un acuerdo de un descuento de diez lei y una corona gratis. El ataúd llegó más tarde, en el carro del vecino Petrache, al que la abuela pagó con una botella de aguardiente. Sobre el ataúd, la corona de plástico, adónde vas con esto, mujer, no tendrás pensado morirte mañana, le preguntó el abuelo, pero ella resopló levemente, me ha salido gratis, y estuvo colgada de un clavo varios años, hasta que casi no quedaba nada de ella. El ataúd también se pasó unos cuantos años en el desván. Una vez al año, en otoño, cuando subía a poner a secar las uvas, la abuela abría la tapa y limpiaba el interior. La tela blanca que lo cubría se volvía cada vez más amarilla, y después de unos tres otoños se rompió en tiras, no pasa nada, que todos los males sean estos, ponéis otra vosotros.

Cuando murió el abuelo, el primo Gigi dijo que lo metiéramos en el ataúd, pero la abuela no quiso, este es mío, lo escogí yo misma, cómo se lo voy a dar, qué, es que no se había podido comprar él uno, mucho mejor beberse todo el dinero, que seguro que aparece algún tonto que lo entierre. El abuelo no habría cabido en su ataúd de todos modos, porque era enorme, pero al primo Gigi se le había ocurrido que así nos quitábamos un gasto, hacemos que quepa de alguna manera, y luego ya veremos qué hacer cuando muera la abuela. Cuando fue a cavar la fosa del abuelo, el sepulturero la llamó, doña Lino, venga a ver adónde se irá cuando se vaya, pero la abuela sacudió la cabeza, hazla estrecha, Costel, para uno, que a mí no quiero que me enterréis junto a él. Ya lo he aguantado bastante en vida, cincuenta y dos años, al menos dejad que no tenga que seguir viéndolo cuando me muera, hazle un agujero aquí y a mí, cuando me llegue la hora, házmelo allí, en la colina, debajo del sauce para que el sol no me pegue en la cabeza. En vano mi madre y mi tía intentaron hacerle cambiar de opinión, todo el pueblo va a hablar de ti, mamá, ella se mantuvo en sus trece, no quiero estar junto a él, no quiero y punto.

El ataúd se pudrió mucho antes de que ella muriera, aunque como en los últimos años ya no podía subir al desván, se murió tranquila, tengo todo lo que necesito, cariño, solo tenéis que enterrarme. Aquella noche, después de que papá me sacara en brazos de mi cama caliente, tienes que ponerte allí, se ha muerto la abuela, y sus brazos se quedaran de alguna forma pegados a mí mucho tiempo después, no pude dormir. Me levanté un rato más tarde y fui al salón. Las velas encendidas arrojaban sombras sobre las paredes. Las mujeres que habían venido al velatorio contaban historias de miedo. Almas de muertos que entraron en perros, que vuelan sobre las casas, que siguen a los vivos a todas partes. Se va a transformar en un espíritu y vendrá por las noches a llamar a tu ventana, me resonaban en el oído derecho las palabras de la tía Florina. No existen los espíritus, créeme, le respondía mamá en el otro oído, pero el corazón me latía más fuerte del lado de la tía. La abuela ya no era la abuela, era un alma que me iba a acechar al menos durante seis semanas porque, si tenemos suerte, encontrará la paz en el más allá. Estuve sentada en una silla cerca de la puerta hasta por la mañana, temblando de miedo. Me habría ido, pero nadie podía quedarse conmigo y la noche era oscura y profunda, todos los muertos nos miraban desde la ventana.

El abuelo con los pantalones remendados en las rodillas, la tía Nina con el pañuelo de flores cubriéndole el pelo rizado, el tío Pandele, muerto antes de cumplir el año, mucho antes de ser tío de nadie, antes incluso de ser hermano de alguien. No existe ni una foto suya, así que siempre me lo he imaginado como a Sandu, el vecino de enfrente, pequeño, mocoso, con los pantalones siempre rotos en las rodillas. Cómo es que se te muera un niño pequeño, le pregunté un día a la abuela, sería en fiestas, mientras encendíamos velas en el cementerio de al lado del pueblo. Bueno, ya ni lo sé, dijo la abuela, encogiéndose de hombros, fue hace mucho, era joven, da igual, ya tendrás otro, dijo mi suegra, y antes del año ya lo tenía. Qué se le va a hacer, los médicos no estaban en el pueblo, llamé a la comadrona para que lo viera, pero no sirvió de nada, estaba ardiendo como el fuego y en dos días se nos fue. Así era por aquel entonces, tenías muchos hijos porque no sabías cuántos durarían. Casi ni sufrí por él, era pequeño y lo había criado una señora, la suegra de mi suegra, porque nosotros nos íbamos al campo y ella se quedaba en casa con él. Por tu tía Nina sí que lloré, le pedía consejos, qué hacemos de comer, dónde escondemos la llave de la bodega, para que no se nos beba todo el vino, era mayor, en edad casadera, cuando se cayó del carro y se murió. Durante uno o dos años seguí hablando con ella, me parecía que estaba a mi lado, dónde tendemos, Nina, la ropa a secar, le preguntaba cuando volvía con la cesta del río. Pero estaba muerta del todo, no me respondía, ni en la tierra quedó nada de ella, en vano ponemos flores en las tumbas, no las va a oler nadie. Cuatro hijos tuvo la abuela, pero solo dos le sobrevivieron.

Cuando amaneció, solté un suspiro de alivio. Era un día cálido de verano y el sepulturero se protegía debajo del sauce mientras cavaba. En su nuevo ataúd, que mamá había comprado esa misma mañana, estaba la abuela, paralizada, vestida con la ropa buena, mientras unas pocas docenas de personas se despedían.

Un fragmento de Andreea Rasuceanu

Viento, espíritu, aliento
Andreea Rasuceanu

Ese día me fui arrastrando por Calea Griviței, el efecto de la anestesia había comenzado a pasarse y un dolor agudo, como un punto penetrante primero, más tarde como una cuchilla atravesando mi útero, me hizo bajar el ritmo. Me parecía que olía a sangre, que toda la calle estaba empapada con el olor a entrañas removidas con la cureta, solo podía pensar que tal vez Mariana no la había esterilizado bien. Un sudor frío hizo me empapó la blusa, creo que había casi 40 grados, pero me temblaban todas las articulaciones, cualquier brisa me hacía temblar aun más. Mariana tenía razón, tenía que haber cogido el tranvía 64, me habría dejado en nuestra parada, pero la simple idea de sentarme en el banco de madera y aguantar el ajetreo de esa maldita línea me aterrorizaba. No podía decirle que no me quedaba dinero para el taxi, qué iba a pensar de mí, yo, que aunque no había hecho el bachillerato me lavaba solo con jabones finos, traídos en un paquete, bebía Alvorada y era la única casa del bloque de la que salía olor a carne todas las semanas, como se decía sobre mí. (…)

Las casas circundantes burbujeaban en el aire ondulante, sus paredes amarillas, desmigadas, se licuaban bajo el sol furioso. Recuerdo que, aunque bordeada por árboles altos, la calle era un desierto deslumbrante, sin principio ni fin. No sé por qué pensé en cómo a veces me despertaba en casa de C., por la tarde, en una luz perdida, mientras la cortina de cretona marrón se movía espasmódicamente entre los barrotes, como un pájaro aun vivo. Sentía el calor que debía de hacer, porque el aire era denso, casi material, apenas podía inspirarlo por la nariz, olía a rosas y polvo húmedo, señal de que había comenzado a llover en alguna parte. Me detuve frente a un árbol y vomité varias veces en el cuadrado de tierra bordeado por el bordillo encalado, la calle me daba vueltas, las casas se acercaban y se alejaban, me parecía que el tronco del árbol era blando y mi mano podía atravesarlo, me senté lentamente en el bordillo. Sentía que no quedaba nada en mí, que la piel estaba llena solo de aire, ese aire húmedo y pesado que había tomado el color del cielo azul. Me parecía que, junto con los restos de pan con yogur, el café aguado –un sucedáneo de la reserva de la secretaria– que me había tomado en el Colegio de Abogados, una galleta Cindrel que llevaba no sé cuánto tiempo en mi maletín y que había engullido en el metro, en el camino desde el juzgado a casa de Mariana, porque sabía que antes de cualquier anestesia tenías que comer algo, yo había expulsado algo más, mucho más importante, algo que ni el calcio láctico que me iba a tragar al llegar a casa, ni el filete sangrante que G. me iba a preparar esa noche, preocupado por esa debilidad de la que no me llegaba a recuperar, podían compensar. Ante mis ojos pasaban las imágenes de antes, el callejón sin salida donde vivía Mariana, el último bloque de una calle que termina en la valla blanca de un cementerio, las casas ruinosas cubiertas con cartones y alquitrán, alineadas a lo largo de la carretera mal asfaltada, el olor de su enorme cuerpo, con la carne firmemente colocada sobre los grandes huesos, capas de carne dura, densa, sin grasa, creadas para mantener el mundo a raya, para detener cualquier agresión de su ímpetu, a Mariana nadie la tocaba. Siempre me he preguntado qué se hace en el hospital con los órganos extraídos del cuerpo, con los miembros amputados, si simplemente se tiran o se queman en un crematorio, y quién lo hace, cómo son los encargados de dispensar lo que ya no sirve en un cuerpo, de lo que se convierte en enemigo, la parte de ti que comienza a trabajar contra el todo, mientras trata de recuperarse de alguna manera, comprometiendo otras funciones, otros órganos, usando toda su inventiva, millones de años de inteligencia y evolución precisa, para compensar el hueco dejado allí, el eslabón perdido en el mecanismo general. Le pregunté qué haría con «él» cuando todo terminara, si simplemente lo tiraría a la basura al final del día con las sobras, dijo ah, no, señora abogada, que nos metemos en problemas, se encarga mi marido, no se preocupe. Aunque era un negocio familiar, ella «operaba», como decía alguna vez, he operado a una niña, a la abogada, de fuera, estaba de casi cuatro meses, pasé un miedo…, él «se encargaba» de lo quedaba, el hombrecillo pálido, con una erupción rojiza en la piel de las manos, que pesaba la mitad que Mariana, lo vi llegar dos veces con las bolsas llenas del mercado, dócil, con una mirada dulce, vacilante, «el segundo marido», después de haberse librado de «la bestia». Me arrepiento ahora de haber rechazado la sopa de ternera que me había ofrecido Mariana, espere un poquito, señora abogada, que se recupere, y luego le daré una sopa de ternera, la he hecho esta mañana, lleva borscht casero, a mi marido no le gusta con jugo de repollo ni vinagre.

Me entraron ganas de vomitar al instante solo de pensar en la sopa con trozos de carne flotando, la verborrea de Mariana que siempre, después de terminar, tenía ganas de hablar, por lo general eran diatribas contra los comunistas, por su culpa ella hacía lo que hacía, los desgraciados a los que no les importaba que las pobres mujeres no pudieran solucionar las cosas, caían como moscas, gracias a Dios que a ella no se le había muerto ninguna clienta, porque ella no era como las demás, ella se preocupaba por las pobres desgraciadas, se me encogía el corazón por estar entre las desgraciadas, pero Mariana no se daba cuenta cuando metía la pata, la mera noción de metedura de pata le era ajena, solo había verdad y mentira en el mundo, malos y buenos, los comunistas eran malos, y aquí entraba todo tipo de gente, incluidos sus vecinos a los que tenía que evitar, son capaces de cualquier cosa, los comunistas, no les importaría que me pudriera entre rejas, se pasan el día acechándome, si contara todo lo que sé de ellos, que me paso el día en el mercadillo, que especulo, se quejaron de que la gente viene a mi casa, me mandaron a la milicia, por un tiempo tuve que dejarlo, pero ya les expliqué que soy una chica del comité y que soy modista y por eso vienen tantas chicas. Sin embargo, me hubiera gustado estar ahí ahora, no en medio de la calle con este calor mortal, podría haber comido algo, las náuseas se me habían pasado, fingiendo escucharla mientras ya pensaba en la acusación del día siguiente. Tenía un penal hacia el mediodía, qué bien que iba a poder dormir hasta tarde por la mañana. Me levanté con dificultad, tuve la suerte de que no hubiera nadie por allí, qué habría sucedido si hubiera pasado un coche de la milicia, se hubiera detenido y me hubiera preguntado qué hacía allí, una camarada elegante como yo en la acera, a mitad de día.

Un fragmento de Paula Erizanu

Arden los bosques

Paula Erizanu

Prólogo. Aleksandra

La revolución comenzó mucho antes de que los otros lo vieran. Pero se acabó mucho antes de que ella lo viera.

Se miente. No puede volver atrás. Simplemente quiere seguir viva.

Ha renunciado a todo –casas con sirvientes, esposos, niños, cenas en familia– por la revolución. Por la pasión. Intensidad. Ideales. Poder. Algo más grande que ella. Algo que le pertenezca. Ha estado ahí arriba, en el centro donde se toman las decisiones, ha apoyado, se ha opuesto, ha ordenado, ha visto luchas, traiciones, seducciones, manipulaciones, dolores, muerte y enfermedades con sus propios ojos y ha dado todo lo que ha podido para seguir empujando al mundo.

Y ha caído al vacío. Se ha machacado los nervios. Han empezado a temblarle las manos, llenas de anillos.

¿Ha merecido la pena? ¿Cuánto ha logrado? ¿Ha sido un error? ¿El haber vivido conforme a sus valores? Se autoelogia. ¿Por haber creído en una sola Verdad? Eso es lo que le había reprochado su padre. ¿Por haber subestimado las realidades, por haberse subestimado a sí misma, por haber confundido las cosas, como los pájaros confunden las ventanas con el aire y se golpean con todas sus fuerzas, dejando correr la sangre sobre el vidrio? Desplomándose en la acera entre los pies de los transeúntes…

Se opuso. Y este fue su final. La retiraron. Quizás no debería haberse opuesto directamente. Quizás debía haber jugado más sutilmente, más sucio, para adelantarse. Las manos limpias están atadas.

Algunos días envidia a los muertos. A los que no han conseguido ver cómo se transforma lo que soñaron, lo que crearon, en una monstruosidad. Envidia a Inessa, por ejemplo.

¿Cuánto de esta monstruosidad es mérito suyo? Cuando en casi veinte años han borrado todas sus políticas, una tras otra. Él se las ha borrado. Él, ellos.

Su corazón vuelve a latir sin control: el final está cerca, lo siente. En este músculo que le salta en el pecho y en los huesos que se rompen.

¿Le ha quedado algo por hacer? ¿Hay algo por corregir?

Escribir… Avisar… Que la gente sepa cómo fue en realidad. Lo que se quiso. Cómo se oscureció. Pero no puede ni escribir, no pasa la censura. Ni siquiera puede hablar, porque no sabe quién es agente y quién no. Solo para ver la vida delante de los ojos, seguir buscando, otra vez, el giro en el que habría podido salvarlo todo. Pero ¿cuánto puedes confiar en ti y en la historia que cuentas?

Moscú, marzo de 1952

IV edición de los Premios Sofia Nădejde de literatura escrita por mujeres

Los premios Sofia Nădejde de literatura escrita por mujeres han llegado a su cuarta edición. En esta ocasión, han sido organizados por la Universidad Lucian Blaga de la ciudad de Sibiu y cofinanciados por el A.F.C.N. Un año más, hemos realizado una colaboración gracias a la que, poco a poco, iré presentando a las nominadas en las cuatro categorías:

Poesía:

Svetlana Cârstean, sînt alta [soy otra] Editura NEMIRA

Teodora Coman, LucyEditura TracusArte

Diana Iepure, în rest, viaţa e frumoasă [por lo demás, la vida es bella]Casa de Editură Max Blecher

Angela Marcovici, păsările pe cer ţipă [los pájaros del cielo gritan]Casa de pariuri literare

Ruxandra Novac, Alwarda, Pandora M

Prosa:

Paula Erizanu, Ard pădurile [Arden los bosques]Editura Cartier

Raluca Nagy, Teo de la 16 la 18 [Teo entre 16 y 18]Editura NEMIRA

Alina Nelega, un nor în formă de cămilă [una nube en forma de camello], Editura Polirom

Dora Pavel, BastianEditura Polirom

Andreea Rasuceanu, Vântul, duhul, suflarea [Viento, espíritu, aliento]Editura Polirom

Debut poesía

Elena Boldor, TRAXX, OMG

Ileana Negrea, jumătate din viaţa mea de acum [la mitad de mi vida actual]Fractalia

Alexandra Pâzgu, dă tot ce ai [da todo lo que tengas]Editura TracusArte

Debut prosa:

Simona Goşu, FragilEditura Polirom

Ramona Micu, Povestiri cu oameni mari si mici [Historias de gente grande y menuda]Casa de pariuri literare

Maria Orban, Oameni mari [Grandes personas]Editura NEMIRA

Un fragmento de Ema Stere

Ema Stere es periodista en la Radio Romania Cultural. Doctora en Filología. Fue editora de libros, profesora asistente y luego profesora universitaria en la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Bucarest. Desde 2006 realiza, junto con Attila Vizauer, el programa «Vorba de cultura» (Radio Romania Cultural).

Ha escrito numerosas adaptaciones y guiones originales para teatro y teatro radiofónico y ha publicado sus relatos en las revistas Iocan y Capital cultural.

El siguiente fragmento pertenece a la novela Los hijos de Marcel, ganadora del premio Sofia Nadejde para literatura escrita por mujeres (2020).

Please wait while flipbook is loading. For more related info, FAQs and issues please refer to DearFlip WordPress Flipbook Plugin Help documentation.

Un fragmento de Lavinia Braniște

Lavinia Braniște nació en 1983 en Brăila. Estudió lenguas extranjeras en Cluj-Napoca y Bucarest. Debutó en 2006 con el poemario Historias sobre mí, seguido de los volúmenes de relatos Cinco minutos al día y Escapada . Su primera novela, Interior Zero, fue publicada en 2016 y traducida al alemán y polaco y adaptada para el teatro tanto en Rumanía como en Alemania. La segunda novela, Sonia levanta la mano, se publicó en 2019. Ambas novelas ganaron el premio Nepotu’ lui Thoreau al mejor libro de prosa del año y Sonia levanta la mano ha sido galardonada, además, con el premio Sofia Nadejde para literatura escrita por mujeres (2020).

A continuación, podéis leer un fragmento inédito, así como un fragmento de su anterior novela, Interior Zero, aquí.

Please wait while flipbook is loading. For more related info, FAQs and issues please refer to DearFlip WordPress Flipbook Plugin Help documentation.