Un fragmento de Andreea Rasuceanu

Viento, espíritu, aliento
Andreea Rasuceanu

Ese día me fui arrastrando por Calea Griviței, el efecto de la anestesia había comenzado a pasarse y un dolor agudo, como un punto penetrante primero, más tarde como una cuchilla atravesando mi útero, me hizo bajar el ritmo. Me parecía que olía a sangre, que toda la calle estaba empapada con el olor a entrañas removidas con la cureta, solo podía pensar que tal vez Mariana no la había esterilizado bien. Un sudor frío hizo me empapó la blusa, creo que había casi 40 grados, pero me temblaban todas las articulaciones, cualquier brisa me hacía temblar aun más. Mariana tenía razón, tenía que haber cogido el tranvía 64, me habría dejado en nuestra parada, pero la simple idea de sentarme en el banco de madera y aguantar el ajetreo de esa maldita línea me aterrorizaba. No podía decirle que no me quedaba dinero para el taxi, qué iba a pensar de mí, yo, que aunque no había hecho el bachillerato me lavaba solo con jabones finos, traídos en un paquete, bebía Alvorada y era la única casa del bloque de la que salía olor a carne todas las semanas, como se decía sobre mí. (…)

Las casas circundantes burbujeaban en el aire ondulante, sus paredes amarillas, desmigadas, se licuaban bajo el sol furioso. Recuerdo que, aunque bordeada por árboles altos, la calle era un desierto deslumbrante, sin principio ni fin. No sé por qué pensé en cómo a veces me despertaba en casa de C., por la tarde, en una luz perdida, mientras la cortina de cretona marrón se movía espasmódicamente entre los barrotes, como un pájaro aun vivo. Sentía el calor que debía de hacer, porque el aire era denso, casi material, apenas podía inspirarlo por la nariz, olía a rosas y polvo húmedo, señal de que había comenzado a llover en alguna parte. Me detuve frente a un árbol y vomité varias veces en el cuadrado de tierra bordeado por el bordillo encalado, la calle me daba vueltas, las casas se acercaban y se alejaban, me parecía que el tronco del árbol era blando y mi mano podía atravesarlo, me senté lentamente en el bordillo. Sentía que no quedaba nada en mí, que la piel estaba llena solo de aire, ese aire húmedo y pesado que había tomado el color del cielo azul. Me parecía que, junto con los restos de pan con yogur, el café aguado –un sucedáneo de la reserva de la secretaria– que me había tomado en el Colegio de Abogados, una galleta Cindrel que llevaba no sé cuánto tiempo en mi maletín y que había engullido en el metro, en el camino desde el juzgado a casa de Mariana, porque sabía que antes de cualquier anestesia tenías que comer algo, yo había expulsado algo más, mucho más importante, algo que ni el calcio láctico que me iba a tragar al llegar a casa, ni el filete sangrante que G. me iba a preparar esa noche, preocupado por esa debilidad de la que no me llegaba a recuperar, podían compensar. Ante mis ojos pasaban las imágenes de antes, el callejón sin salida donde vivía Mariana, el último bloque de una calle que termina en la valla blanca de un cementerio, las casas ruinosas cubiertas con cartones y alquitrán, alineadas a lo largo de la carretera mal asfaltada, el olor de su enorme cuerpo, con la carne firmemente colocada sobre los grandes huesos, capas de carne dura, densa, sin grasa, creadas para mantener el mundo a raya, para detener cualquier agresión de su ímpetu, a Mariana nadie la tocaba. Siempre me he preguntado qué se hace en el hospital con los órganos extraídos del cuerpo, con los miembros amputados, si simplemente se tiran o se queman en un crematorio, y quién lo hace, cómo son los encargados de dispensar lo que ya no sirve en un cuerpo, de lo que se convierte en enemigo, la parte de ti que comienza a trabajar contra el todo, mientras trata de recuperarse de alguna manera, comprometiendo otras funciones, otros órganos, usando toda su inventiva, millones de años de inteligencia y evolución precisa, para compensar el hueco dejado allí, el eslabón perdido en el mecanismo general. Le pregunté qué haría con «él» cuando todo terminara, si simplemente lo tiraría a la basura al final del día con las sobras, dijo ah, no, señora abogada, que nos metemos en problemas, se encarga mi marido, no se preocupe. Aunque era un negocio familiar, ella «operaba», como decía alguna vez, he operado a una niña, a la abogada, de fuera, estaba de casi cuatro meses, pasé un miedo…, él «se encargaba» de lo quedaba, el hombrecillo pálido, con una erupción rojiza en la piel de las manos, que pesaba la mitad que Mariana, lo vi llegar dos veces con las bolsas llenas del mercado, dócil, con una mirada dulce, vacilante, «el segundo marido», después de haberse librado de «la bestia». Me arrepiento ahora de haber rechazado la sopa de ternera que me había ofrecido Mariana, espere un poquito, señora abogada, que se recupere, y luego le daré una sopa de ternera, la he hecho esta mañana, lleva borscht casero, a mi marido no le gusta con jugo de repollo ni vinagre.

Me entraron ganas de vomitar al instante solo de pensar en la sopa con trozos de carne flotando, la verborrea de Mariana que siempre, después de terminar, tenía ganas de hablar, por lo general eran diatribas contra los comunistas, por su culpa ella hacía lo que hacía, los desgraciados a los que no les importaba que las pobres mujeres no pudieran solucionar las cosas, caían como moscas, gracias a Dios que a ella no se le había muerto ninguna clienta, porque ella no era como las demás, ella se preocupaba por las pobres desgraciadas, se me encogía el corazón por estar entre las desgraciadas, pero Mariana no se daba cuenta cuando metía la pata, la mera noción de metedura de pata le era ajena, solo había verdad y mentira en el mundo, malos y buenos, los comunistas eran malos, y aquí entraba todo tipo de gente, incluidos sus vecinos a los que tenía que evitar, son capaces de cualquier cosa, los comunistas, no les importaría que me pudriera entre rejas, se pasan el día acechándome, si contara todo lo que sé de ellos, que me paso el día en el mercadillo, que especulo, se quejaron de que la gente viene a mi casa, me mandaron a la milicia, por un tiempo tuve que dejarlo, pero ya les expliqué que soy una chica del comité y que soy modista y por eso vienen tantas chicas. Sin embargo, me hubiera gustado estar ahí ahora, no en medio de la calle con este calor mortal, podría haber comido algo, las náuseas se me habían pasado, fingiendo escucharla mientras ya pensaba en la acusación del día siguiente. Tenía un penal hacia el mediodía, qué bien que iba a poder dormir hasta tarde por la mañana. Me levanté con dificultad, tuve la suerte de que no hubiera nadie por allí, qué habría sucedido si hubiera pasado un coche de la milicia, se hubiera detenido y me hubiera preguntado qué hacía allí, una camarada elegante como yo en la acera, a mitad de día.

Un fragmento de Paula Erizanu

Arden los bosques

Paula Erizanu

Prólogo. Aleksandra

La revolución comenzó mucho antes de que los otros lo vieran. Pero se acabó mucho antes de que ella lo viera.

Se miente. No puede volver atrás. Simplemente quiere seguir viva.

Ha renunciado a todo –casas con sirvientes, esposos, niños, cenas en familia– por la revolución. Por la pasión. Intensidad. Ideales. Poder. Algo más grande que ella. Algo que le pertenezca. Ha estado ahí arriba, en el centro donde se toman las decisiones, ha apoyado, se ha opuesto, ha ordenado, ha visto luchas, traiciones, seducciones, manipulaciones, dolores, muerte y enfermedades con sus propios ojos y ha dado todo lo que ha podido para seguir empujando al mundo.

Y ha caído al vacío. Se ha machacado los nervios. Han empezado a temblarle las manos, llenas de anillos.

¿Ha merecido la pena? ¿Cuánto ha logrado? ¿Ha sido un error? ¿El haber vivido conforme a sus valores? Se autoelogia. ¿Por haber creído en una sola Verdad? Eso es lo que le había reprochado su padre. ¿Por haber subestimado las realidades, por haberse subestimado a sí misma, por haber confundido las cosas, como los pájaros confunden las ventanas con el aire y se golpean con todas sus fuerzas, dejando correr la sangre sobre el vidrio? Desplomándose en la acera entre los pies de los transeúntes…

Se opuso. Y este fue su final. La retiraron. Quizás no debería haberse opuesto directamente. Quizás debía haber jugado más sutilmente, más sucio, para adelantarse. Las manos limpias están atadas.

Algunos días envidia a los muertos. A los que no han conseguido ver cómo se transforma lo que soñaron, lo que crearon, en una monstruosidad. Envidia a Inessa, por ejemplo.

¿Cuánto de esta monstruosidad es mérito suyo? Cuando en casi veinte años han borrado todas sus políticas, una tras otra. Él se las ha borrado. Él, ellos.

Su corazón vuelve a latir sin control: el final está cerca, lo siente. En este músculo que le salta en el pecho y en los huesos que se rompen.

¿Le ha quedado algo por hacer? ¿Hay algo por corregir?

Escribir… Avisar… Que la gente sepa cómo fue en realidad. Lo que se quiso. Cómo se oscureció. Pero no puede ni escribir, no pasa la censura. Ni siquiera puede hablar, porque no sabe quién es agente y quién no. Solo para ver la vida delante de los ojos, seguir buscando, otra vez, el giro en el que habría podido salvarlo todo. Pero ¿cuánto puedes confiar en ti y en la historia que cuentas?

Moscú, marzo de 1952

IV edición de los Premios Sofia Nădejde de literatura escrita por mujeres

Los premios Sofia Nădejde de literatura escrita por mujeres han llegado a su cuarta edición. En esta ocasión, han sido organizados por la Universidad Lucian Blaga de la ciudad de Sibiu y cofinanciados por el A.F.C.N. Un año más, hemos realizado una colaboración gracias a la que, poco a poco, iré presentando a las nominadas en las cuatro categorías:

Poesía:

Svetlana Cârstean, sînt alta [soy otra] Editura NEMIRA

Teodora Coman, LucyEditura TracusArte

Diana Iepure, în rest, viaţa e frumoasă [por lo demás, la vida es bella]Casa de Editură Max Blecher

Angela Marcovici, păsările pe cer ţipă [los pájaros del cielo gritan]Casa de pariuri literare

Ruxandra Novac, Alwarda, Pandora M

Prosa:

Paula Erizanu, Ard pădurile [Arden los bosques]Editura Cartier

Raluca Nagy, Teo de la 16 la 18 [Teo entre 16 y 18]Editura NEMIRA

Alina Nelega, un nor în formă de cămilă [una nube en forma de camello], Editura Polirom

Dora Pavel, BastianEditura Polirom

Andreea Rasuceanu, Vântul, duhul, suflarea [Viento, espíritu, aliento]Editura Polirom

Debut poesía

Elena Boldor, TRAXX, OMG

Ileana Negrea, jumătate din viaţa mea de acum [la mitad de mi vida actual]Fractalia

Alexandra Pâzgu, dă tot ce ai [da todo lo que tengas]Editura TracusArte

Debut prosa:

Simona Goşu, FragilEditura Polirom

Ramona Micu, Povestiri cu oameni mari si mici [Historias de gente grande y menuda]Casa de pariuri literare

Maria Orban, Oameni mari [Grandes personas]Editura NEMIRA

Un fragmento de Ema Stere

Ema Stere es periodista en la Radio Romania Cultural. Doctora en Filología. Fue editora de libros, profesora asistente y luego profesora universitaria en la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Bucarest. Desde 2006 realiza, junto con Attila Vizauer, el programa «Vorba de cultura» (Radio Romania Cultural).

Ha escrito numerosas adaptaciones y guiones originales para teatro y teatro radiofónico y ha publicado sus relatos en las revistas Iocan y Capital cultural.

El siguiente fragmento pertenece a la novela Los hijos de Marcel, ganadora del premio Sofia Nadejde para literatura escrita por mujeres (2020).

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Un fragmento de Lavinia Braniște

Lavinia Braniște nació en 1983 en Brăila. Estudió lenguas extranjeras en Cluj-Napoca y Bucarest. Debutó en 2006 con el poemario Historias sobre mí, seguido de los volúmenes de relatos Cinco minutos al día y Escapada . Su primera novela, Interior Zero, fue publicada en 2016 y traducida al alemán y polaco y adaptada para el teatro tanto en Rumanía como en Alemania. La segunda novela, Sonia levanta la mano, se publicó en 2019. Ambas novelas ganaron el premio Nepotu’ lui Thoreau al mejor libro de prosa del año y Sonia levanta la mano ha sido galardonada, además, con el premio Sofia Nadejde para literatura escrita por mujeres (2020).

A continuación, podéis leer un fragmento inédito, así como un fragmento de su anterior novela, Interior Zero, aquí.

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